lunes, 18 de marzo de 2013
De un extremo a otro
Antes de llegar a la IURD acostumbraba a tener un estilo totalmente diferente. Me gustaban las polleras cortas, ropa apretada y siempre taco alto. Hasta para ir a un lugar cerca, me maquillaba, colocaba accesorios, taco alto y… allá iba yo!!!!
Debido a mi forma era tildada como “presumida”.
A decir verdad, me gustaba, yo era muy vanidosa, seguía siempre la moda, pero algo que era realmente feo en mí era el orgullo. Muchas veces no valoraba a las personas que estaban a mi alrededor y creía que era la “dueña de la verdad”
Cuando llegue a la IURD decidí cambiar totalmente. Entendí que mi comportamiento no agradaba a Dios. Ya no aceptaba ser la misma persona. Fue entonces que fui de un extremo al otro.
Comencé a pensar que para tener un espíritu humilde no debería usar taco alto, ni debía maquillarme, ni preocuparme con mi apariencia. Como una forma de mostrar que “había cambiado”, comencé a usar ropa grande y andar solo de zapatillas deportivas. Era raro las veces que me maquillaba y me soltaba el cabello. Yo definitivamente cambié de un extremo a otro. En esa época, yo luchaba mucho haciendo cadenas de oración por mi familia, especialmente por mi papá, pero no veía resultados.
Un bello día, volviendo de la iglesia, encontré a mis padres saliendo para cenar. Ellos decidieron esperarme para que fuese con ellos. Entré en casa corriendo, “me arreglé” y volví. Al encontrarlos oí una palabra que me hizo repensar todo mi concepto de lo que esta bien y lo que estaba mal!!!
Cuando mi padre me vio, él le dijo bajito a mi madre: “De la manera que está vestida no va a ningún lado con nosotros. No sé qué le sucedió a Raquel, pero ella estaba mucho mejor antes de entrar a aquella iglesia.”
Yo logré escuchar lo que él decía y en aquel momento mi madre me pidió que me colocase una ropa más apropiada, al final, yo estaba con un pantalón súper grande (parecía de mi hermano), una blusa de nylon y zapatillas deportivas.
En aquel día entendí al extremo que había llegado. Definitivamente yo no estaba agradando a Dios, por lo contrario, mi padre pensaba que eso era lo que aprendía en la iglesia. Me sentí muy triste al ver la decepción de mi padre conmigo, pero decidí cambiar y ahora de manera correcta.
Comencé a preocuparme más con mi apariencia, cuidar de mi vestimenta, de mi cabello y, principalmente, de mi interior, al final, no es vistiéndome de cualquier manera que voy a mostrar mi humildad.
Hoy, soy muy diferente de cómo comencé en la iglesia. Aprendí que en todo hay un equilibrio ¿y saben qué??? Ahora mi padre va a la iglesia y me escucha cuando le hablo, por que finalmente vio un cambio en mí. Es como la Palabra de Dios dice: “La moderación en todo es buena” (Ec. 7:15-18)
Raquel Ouverney
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