sábado, 5 de enero de 2013

La codicia

La mayoría de las veces, ¡Lo que nos falta, es precisamente lo que codiciaremos!

Si el matrimonio es un fracaso, se busca a alguien – fuera – que satisfaga este fracaso; cuando la condición financiera es escasa, se codicia los bienes ajenos, en fin, se alimentan sueños y fantasías que pueden generar verdaderos problemas.
Algunos, fatalmente perjudiciales para su propia vida y para las personas que la rodean.

Cuando toleramos situaciones idénticas a estas, quiere decir que consecutivamente, alimentamos nuestros sentidos: La envidia, la codicia, el deseo….El adulterio empieza justamente a través de los ojos: Por el deseo desenfrenado de tener aquello que, por derecho, no nos pertenece.

Ten en cuenta que cuanto más la persona sufre, corre más riesgo de pecar y, normalmente, quien cede al adulterio o es esclava de algún problema, quiere decir que interiormente ya se ha rendido a lo que su corazón desea.

Si yo tengo el Espíritu de la Creación y no de cobardía, jamás me dejaré dominar por sentimientos contrarios a la fe inteligente. Aunque momentáneamente, el miedo, la inseguridad, el orgullo o la codicia – que hace que nos comparemos a los demás – pretendan dominarnos, no podemos “dar a luz” sentimientos, pecados o sensaciones que culminen una “traición”, en contra del marido, en contra del prójimo; ¡en contra de la propia fe en Dios!

Por lo tanto, no es apenas el hecho de “codiciar” a un hombre o a una mujer, a través de la mirada que cometemos una traición; si deseamos lo que no nos pertenece o nos eludimos con algo o alguien que no es lícito que poseamos, ya estaremos adulterando y condenando nuestra alma a la perdición.

Viviane Freitas

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