viernes, 4 de octubre de 2013

Si fuera por un dulce de maní…

Cuando era niña, mi mamá se moría de miedo de dejarme sola; ni aunque fuese un minuto porque ella sabía que yo no tenía noción del peligro y siempre creía que la gente era buena.

Si tenía un paseo en la escuela en donde quedásemos fuera de casa todo el día, ya sabía… antes de ir, allá venía mi mamá con un “sermón” repitiendo 10 veces que no debía conversar con extraños y mucho menos aceptar dulces de alguien.

- “¡Está bien, mamá!” Pensaba yo.

Y mi hermano (queriendo ser gracioso) siempre decía:

- Depende, mamá. Si le ofrecen un dulce de maní… ¡ya es suficiente! ¡Nunca más vamos a ver a Raquel!

Él decía eso porque adoraba ese tipo de dulces y hacía cualquier cosa para recibir uno… aunque me pusiese en riego.

Muchas veces la chica sabe que aquel chico no es la persona correcta para ella. Él solo va a usarla y después dejarla, pero prefiere correr el riesgo y cosechar las consecuencias después.

Sabe que la mentira tiene “patas cortas”, pero no logra vivir en la verdad. Prefiere pagar el precio antes que, simplemente, ser sincero.


O sea, cada uno tiene “un dulce preferido” que lo atrae para hacer lo equivocado. Este será una “trampa perfecta” para todos aquellos que juegan con lo que debería llevar en serio.

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